No te olvides del pago

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DANIEL CASTRO
Periodista

Actualmente al frente del noticiero central en Montecarlo y de las mañanas del Espectador; sus orígenes radi­can en Tacuarembó y permanecen intactos en la memoria del comunicador, recuerdos que hablan hasta de sus primeras experiencias en CX140, radio Zorrilla de San Martin.

“Me acuerdo de todo” sentencia Castro, quien asegura que pretende tener siempre “un cabo bien amarrado” al origen de su carrera en el pago más grande del país. “No te olvides del pago si te vas para la ciudad”, es una con­signa que mantiene presente a diario, alegando que allí, en su Tacuarembó, “me nutrí de los principales valores que pretendo desarrollar en el ejercicio de esta profesión apasionante y agradecido de la vida de poder desarrollar”.
Nació algo más al norte, en Tranque­ras, Rivera, para al año, partir a Tacua­rembó. Su padre tenía un almacén de ramos generales y eso le brindó a Daniel el contacto con la gente de campo. A su memoria de esa época, llaman hoy recuerdos como los clásicos surtidos que se preparaban para remitir a estancias o escuelas rurales y que en ocasiones le tocaba organizar. Pero un departamento con tanto perfil agropecuario ganadero, pronto le haría acercarse al sector gracias a amistades, familia o incluso mediante la propia profesión en algún momento.
Arribar al mundo de la comunicación se dio de forma accidental, sostiene. Fue precisamente acompañando a su barra de amigos que tuvo los primeros contactos con las cabinas de radio, una experiencia que luego tímidamente fue decantando en otros proyectos dentro del medio. Castro asegura que desde el primer momento “me sentí atrapado porque supe en un instan­te, que aquello era lo que me encantaba. Recuerdo como si fuera hoy, el día que ingresé al estudio de la radio por primera vez y me tocó una energía especial, no hay nada místico, simplemente aquella sensa­ción imborrable”.
Los medios de comunicación en el interior tienen una relevancia muy impor­tante en su zona de influencia y Zorrilla de San Martín, en Tacuarembó, iba mucho más allá de una radio de acción departa­mental, era una referencia en todo el norte del país. Eso también constituye parte de la atracción del comunicador por su tarea y se transformó, a su vez, en una escuela para Castro, en tiempos donde no había instituciones para aprender periodismo.
“Aquello era la fórmula perfecta: trabajar y aprender con grandes profe­sionales”, alega a propósito del medio donde permaneció una década forjando el comienzo de su vasta trayectoria. Un comienzo que le marcó el camino hacia un “periodismo de cercanías” con referentes regionales que han sido trascendentes en su vida.

Nacido en 1965, dentro de su currículum se destaca como Director de Turismo de la Inten­dencia de Tacuarembó entre los años 1993 y 1994.
En el año 1996 se integra al staff perio­dístico de Montecarlo televisión.
Su carrera en adelante está cargada de pro­yectos diversos tanto en televisión como en radio, además de ejercer la asesoría en comunicación para prestigiosas empresas e instituciones nacio­nales como internacio­nales.

Luego llegó la televisión, con expe­riencias en el cable local, sentando las bases que le permitieron concursar más adelante para ingresar en el canal estatal, y lo consiguió cuando corría el año 1995. Así desembarcó Daniel Castro en Montevideo, despojándose de su “zona de confort” y procurando desafiarse profesionalmente; Sabía que tenía mucho más para dar.
Si bien nunca estuvo muy de acuerdo con esa apreciación que indica que para consagrarse en el periodismo, este se debe desarrollar en la capital, Castro afirma que se presentó en aquel concurso “para testearme, para evaluarme, una especie de auto examen. Luego vi en Montevideo la posibilidad de estar más cerca de otras oportunidades y mejores posibilidades para mi propia familia y eso me terminó de convencer”.
GC- ¿Hay un cierto desprestigio hacia los medios locales del interior, desde Montevideo?
DC – Creo que cada vez se da menos. Con el paso del tiempo se ha reivindicado lo que se hace en el interior. Acá se valora cada vez más esa escalerita inherente a cualquier medio del interior y que implica vincularse con cada una de las funciones de un medio. Desde operar una cabina, hacer móviles, entrevistar autori­dades locales, después alguna nacional, y hasta terminas cerrando la radio a la noche por la necesidad de tener un mayor ingreso.
Desde el interior se llega con un ba­gaje de conocimiento que te permite saber que está haciendo la persona del otro lado del vidrio, cuales son los tiempos que le están llevando al que está en el móvil en la calle, y estar frente al micrófono con la ductilidad que te permite manejar desde la información del pago de pasividades, hasta enfrentar a un político nacional.
El comunicador de zona metropoli­tana advierte que nosotros venimos con mayor trabajo, no el literal, sino tareas acumuladas en una misma función, y eso hoy se destaca.
Cada tanto hay una especie de me­nosprecio a la forma en que se trabaja en el interior y para eso hay una sola respuesta sencilla: que hagan la experiencia de estar un día en un medio de comunicación del interior, de saber cual es la penetración que tiene en sus comunidades, de saber cual es el respeto que se le tiene a los comuni­cadores del interior en sus comunidades, que vivan un día de lo que es percibir en carne propia el periodismo.
Sé cual ha sido el impacto de las nuevas tecnologías en la comunicación, hoy todo está en la pantalla de un celular. Aún así, me animo a decir que ese vínculo entre el medio de comunicación del interior y sus comunidades más cercanas, sigue inalterado y eso en Montevideo es difícil de lograr y transmitir.
GC – En lo personal, ¿Cómo se asimila ese cambio hacia una comunica­ción ahora de encare nacional y el alcance actual de la tarea periodística?
DC – Antes tenías más posibilidades de mirar a los ojos a la gente porque en comunidades chicas es muy fácil encon­trarte con tu oyente ya sea en el club, en el boliche o en el partido de fútbol. Hay una devolución más inmediata.
Confieso que muchas veces tenés la sensación de andar a tientas con los ojos algo vendados, porque del otro lado es tal el volumen que perdés la perspectiva. Cuando te dicen que te están escuchan­do diez o veinte mil personas, o en otros medios donde trabajo te dicen que la audiencia a tal hora representa un estadio Centenario, o dos, repletos, ahí es cuando caes en cuenta sobre cuanta gente está en ese momento juzgando tu trabajo.
Lo que he encontrado como herra­mienta son las redes sociales para mante­nerme en conexión. En la medida en que uno vaya observando lo que comenta la gente a través de los mensajes de texto, a través de los mensajes grabados, a través de Twitter o a través de Facebook, es una forma, no la verdad absoluta, pero sí vas sustituyendo aquella charla en Tacuarem­bo, donde alguien te comentaba que le había gustado y que no, de una entrevista.
La potencia de las redes sociales es tal, que te van como balizando la pista, sabes que hay lucecitas encendidas que te permiten saber que por ahí por lo menos no tendrás un aterrizaje forzoso.
A la hora de desarrollar la profesión, siempre hay una figura bien determinada que es el equilibrio. Siento en estos traba­jos, quienes estamos en los medios, que somos equilibristas y vamos con la vara sopesando, tratando de tener equilibrio y llegar a lo que queremos, que es el trabajo riguroso, calificado.
GC – Después de hacer toda la escalera en medios del interior y llegar a la cúspide de una carrera periodística con­duciendo uno de los principales noticieros nacionales en televisión y la mañana en una de las radios más importantes del país ¿Qué queda por delante?
DC – Un concepto que tengo claro es la formación continua. En consecuencia, si estoy en formación continua es difícil que sienta que toqué un techo. Lo que suele suceder cada mañana es que siento que se muchísimo menos que lo que debería en ese momento. Desde ese punto de vista solo hay para crecer hasta el infinito. Nunca se termina de aprender lo que está pasan­do afuera ni lo que está pasando adentro.
Sin dudas soy consciente de formar parte de una de las radios más importantes del Uruguay, que está cerca de su centena­rio con una historia institucional sólida de­trás, han pasado tantos profesionales acá y lo que queda es la marca. Esa marca que tiene un poder enorme, no solo acá, sino también en el exterior. Hacer un programa de radio, un medio que me apasiona, en el Espectador y en la mañana, la verdad es el sueño cumplido.
En la televisión, la conducción de un noticiero central, desde luego, algo que en el aspiracional de cualquier periodista que se dedique a leer noticias ante una cáma­ra, llegar a la conducción de un noticiero central, conlleva un desafío diario y una meta cumplida, más allá de que en algún momento la tarea se puede volver casi mecánica porque no hay margen para el periodismo.
De todos modos, aunque nunca lo he vivido, ojalá nunca me pase de quedarme con el conformismo, con esa sensación de decir, hasta aquí llegue, esto es suficiente. Estoy con el desafío constante de mejo­rarme como profesional y de buscar esos espacios de periodismo que siempre quise tener.

CASTRO Y LA COMUNICACIÓN AGROPECUARIA
Sarandí Rural fue denominado el primer proyecto donde estuvo involucrado con el mundo de la información agropecua­ria. Agro 4 supo también ser presentado por Castro allá por 1997 a través de Monte­carlo, producto televisivo que recuerda por un manejo extraordinario de la imagen. “La devolución que teníamos de la gente de la ciudad era tremendo, era como un mundo nuevo” asevera el periodista.
GC – ¿Cómo fue ese paso por el mundo de la comunicación agropecuaria?
DC – Apasionante. Ya en el momento de la despedida, amigos decían que me había transformado en una especie de agrónomo de facto. Es tal el interés que genera el tema agropecuario en cualquier persona que se aventure a conocerlo en detalle, que te transformás en un adicto a la información agropecuaria.
Por eso me cuesta tanto comprender, porqué razón, no hay mucha más gente calificada, tomadores de decisión, ciudada­nos en la acepción correcta de la palabra, que se distraigan en otras cuestiones que no sean saber un poco mas del campo.
Era tanto lo que había para hablar, que todas las semanas, salvo alguna cir­cunstancia, donde en dos lunes se repitiera determinada discusión, como la conve­niencia o no de exportar ganado en pie, pero al otro lunes iba a venir otra cuestión que tenía un perfil totalmente diferente del negocio ganadero.
El martes, te inundabas de informa­ción sobre el sector lácteo y había para jugar de lo lindo porque siempre había técnicos muy calificados, siempre había temas para tratar. Más allá del precio de la leche o de los remates de Fonterra, había otras cosas que hacían mas a las historias personales de los tamberos y las estra­tegias que mucha gente tenia para llevar adelante su negocio.
Los miércoles, granos, cuando todavía ni de cerca la explosión que hubo con algunos cultivos. Extraordinario lo que se podía aprender. Había fenómenos, de esos tipos que son lo que mas saben de Uruguay y los tenias sentados en tu mesa cada día. La granja, el sector forestal cuan­do se insinuaba recién toda esa dimensión fundamental que cobraría.
Era tal la información, tal el volumen y tal la calificación, que resultaba muy motivador. Había columnas de opinión lu­minarias donde podrías coincidir, discrepar, enojarte o felicitarlos, pero no eran algo que te pasara por el costado, no te dejaba in­diferente. Era tal la lucidez de los planteos, en algunos casos muy drásticos, que no podías tener más que un respeto intelectual hacia las personas que lo emitían.
Después hicimos un intento en la televisión. Si en la radio ya era apasionante, imagínate incorporar imagen a lo que se hacía en el campo…
Es como una especie de asignatura pendiente, algún día tendré un vínculo más directo con ese tipo de propuestas y pro­gramas porque me dejaron, desde el punto de visto profesional, los mejores recuerdos que tengo de la profesión.
GC – ¿A qué se debe la falta de inte­rés por la temática rural?
DC – Tal vez responda a una cuestión de ámbitos cerrados. Muchas veces son los propios círculos de los sectores los que parece que se abroquelan y blindan ante el otro. Se habla del campo para la gente del campo. En términos demasiado técnicos para referirse a asuntos que si se hablan con otros lenguajes, abarcaría otros públicos.
Creo que hay también responsabilida­des compartidas, no solo están los medios que deben destinar sin dudas más tiempo y espacio a este tipo de propuestas, sino que a veces los propios comunicadores se encierran mucho en esa cuestión del detalle. No quiero tampoco pecar de crítico sin tener muy presente las propuestas que hay, pido perdón en ese sentido.
La fórmula para llegar al interés del público general puede estar en ir a las historias mínimas que hay en el campo. Tratar a partir de una historia familiar, describir lo que ha sido la evolución de esa familia en el sector agropecuario. Si parto primero por marcar una cosa que a veces advierto claramente que no se da, que es la heterogeneidad, abrimos una enorme bolsa que dice sector agropecuario y ahí metemos al pequeño tambero, al productor familiar, al que tiene una viña en Canelones, al que cultiva algunas hectáreas, todos van a la misma bolsa y eso me parece es un profundo error.
A veces es también un error que sale del citadino, del que vive en el asfalto, en lo urbano y que piensa en el sector agrope­cuario y asocia a las 4×4, sin darnos cuenta las necesidades de traslado o la situa­ción de las familias. En la medida que los programas muchas veces pierden de vista la heterogeneidad, ahí estamos perdiendo; porque hay una desconexión y la gente va a quedarse con esa idea de que el sector agropecuario es el remate, el embarque, valor, precio, tirantez entre productor y frigo­rífico, o la maquinaría que se emplea para cosechar soja. ·GC·

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